Violada por un oso. ni en tu propio cuarto estás segura….
Fecha de publicación: octubre 1, 2011 2:59 pm
Dormía profundamente, estaba muerta por el día larguísimo y agotador que había tenido. Recuerdo que en algún momento comencé a soñar con alguien que me tocaba el cuerpo y entre las piernas, suave, pero con ganas. Era deliciosa la sensación. Mi sueño me tocaba con más ganas y luego comenzó a chuparme entre las piernas, primero suave y luego con fuerza, mi concha primero y luego mi culo. Estuve así no sé cuánto rato hasta que comencé a despertar de a poco y me di cuenta de que no veía nada, ni la luz de la ventana. Cuando quise levantarme me di cuenta de que estaba amarrada a la cama y vendada. Me asusté, pero al mismo tiempo me di cuenta de que estaba totalmente mojada. Había alguien entre mis piernas, lamiéndome mientras sus manos me recorrían el resto del cuerpo. Quise decir algo, pero tenía algo en la boca que me impedía hablar. A pesar del miedo no atiné a hacer nada más que quedarme así, sintiendo cómo me tocaban. Como no había violencia en las cosas que hacía mi atacante, lo que me quitó el miedo inicial, no pude dejar de excitarme con la situación. Decidí disfrutar de lo que sentía, ya que nada más podía hacer y aterrorizarme no me aportaba nada. A pesar de la mordaza, no pude evitar gemir y cuando mi atacante me oyó, se detuvo y subió hasta mi oído. “Disculpa que te haya amordazado, no quería que gritaras” Oí la voz de Oso y me tranquilicé. Hizo ademán de quitarme la mordaza, pero moví la cabeza para mostrarle que no quería. “¿Quieres que te la deje?” preguntó sorprendido. “Sí”, le contenté con la cabeza y con esa sola respuesta pude sentir cómo su pene crecía y se ponía duro, aplastando mi ombligo, lo que me hizo mojarme aún más. Quise cruzar las piernas y noté que también las tenía atadas, para mantenerlas separadas. Mi violador volvió a bajar, por entre las sábanas y siguió lamiéndome, ahora con más ganas, chupando mi clítoris hasta que me fui en un orgasmo delicioso. A pesar de la cosa en mi boca, los gemidos se me salían y sabía que él los oía con atención. Luego oí un zumbido familiar. Había prendido uno de los vibradores que estaban en la caja que me habían regalado mis amigas en mi despedida de casa, cuando me vine a estudiar a otra región, y me lo pasaba por el cuerpo mientras se concentraba en lamerme el culo y meterme la punta de la lengua por él. Muy lentamente comenzó a meter y sacar el vibrador por mi vagina. Primero sólo la punta, luego un poco más. Lo que me desesperaba y calentaba a más no poder. Seguía sintiendo su lengua en mi culo, que se abría más y más a cada momento, desesperado por ser penetrado de una vez. Mi cuerpo casi gritaba de deseos de ser poseída por mi violador. Luego de un rato de placer y desesperación, volvió a subir por mí y se apoyó completo sobre mi cuerpo, dejándome sentir su peso y su tamaño. Podía notar su pene duro entre mis piernas, aún sin penetrarme. Comenzó a susurrar en mi oído “¿Quieres que te penetre?… ¿de verdad lo quieres?” Sentía su gran mano frotando suavemente mi clítoris, mojándose con mi vagina y tocando mi ano con la punta de un dedo. “¡Pídelo!” me murmuraba “¡Pídelo!”… “Dime que te tome, que te penetre”, yo sólo podía gemir mientras sentía cómo frotaba su pene por fuera de mi vulva. Mis gemidos se hacían cada vez más fuertes, hasta que la desesperación se notaba en cada vibración de mi cuerpo. De pronto sentí como el vibrador entraba lentamente en mi culo y fue como agua en medio del desierto, pero no la suficiente como para apagar una sed devoradora. “¿Quieres más? ¿Quieres otra cosa?…. ¡pídela! ¡PÍDELA!”. Su voz era el orgasmo hecho sonido. “Eres una puta caliente, pide, pide, pide, puta, pide, puta caliente…” No me ofendían sus palabras, al contrario, me calentaban aún más. Me estaba mojando tanto que sentí que me iba a deshacer. De pronto me soltó la mordaza. “¡Méteme el pico de una vez!” fue lo único que pude decir y me ensartó con tal fuerza que creí que las amarras de los tobillos se iban a cortar. “¡Servida!” y luego agregó “Déjame oírte, ¡háblame!” “¿Quieres pico, puta?, ¡eres una puta! Dilo”. “¡¡Soy una puta, soy una puta!! ¡¡Quiero pico, quiero pico, es lo único que quiero!! ¡¡Dame tu pico, dámelo, métemelo, métemelo!!” No podía dejar de decirlo y cuando callaba, me instaba a seguir hablando, a seguir pidiendo. Me desesperaba oír su voz y evidentemente a él le desesperaba oír la mía. “¡Te voy a dar todo puta, todo, por todos lados!” “¡Pídeme por el culo!” “¡¡Dámelo todo, dame por donde quieras! ¡Soy una puta, soy una puta, dame por el culo!” Me fui en medio de palabras que jamás habría pronunciado en otra situación y, a pesar de la intensidad del orgasmo, no podía dejar de desear más. Me fue soltando las amarras hasta que me dejó sólo con la venda. Me aferré a él como una lapa. Me sacó el vibrador del culo y me metió su pene, el que, cuando vi por primera vez unas semanas antes, creí que me rompería en dos, pero que de todos modos deseé sentir ahí. Lo metió entero, para lo cual tuvo que enderezarse y alzarme por las piernas. Me metió por delante otro vibrador de la caja, uno que tenía unas como orejitas que frotaban mi clítoris con la vibración. Otra vez subí hasta las nubes hasta explotar en otro orgasmo increíble. No podía dejar de decir “¡Soy una puta, soy una puta! ¡Dame por el culo, dame por el culo!” y me obedeció hasta que salió tanto líquido de mí, que no imaginé posible que pudiera pasar. Con la última corrida, me dejó descansar un momento. Se salió de mí y lo oí hacer algo que no supe hasta después qué era. Volvió al poco y me levantó poniéndome en 4 sobre la cama. Me amordazó otra vez y se puso tras de mí, metió otra vez su pene en mi culo y, sin dejar de frotar mi clítoris con su mano, continuó embistiéndome hasta que me hizo gemir y gritar por enésima vez. Luego se metió por mi concha y me dejó una vez más un vibrador en el culo. Siguió golpeándome con su cuerpo hasta que el cansancio por tanto orgasmo me estaba pasando la cuenta. Se detuvo una vez más. Se salió. Me secó con cuidado, me lubricó con algo toda la zona y me metió un último artefacto de la caja, uno que yo ni siquiera había sacado del empaque. Era un vibrador para doble penetración, que además tenía las mismas orejitas para el clítoris que el anterior. Lo hizo funcionar y lo dejó ahí. Yo todavía seguía en 4 sobre la cama, vendada y con la mordaza. Le dio la vuelta a la cama, poniéndose en frente de mí. Se tardó un instante en algo. Me sacó la mordaza y me dijo “Quiero que me lo chupes, como la que me diste el otro día. No te preocupes, está limpio. Lo dejé listo para que lo mames”. No podía negarme, el tipo me había dado más orgasmos que los que había tenido en toda la vida y no se había ido ni una sola vez. De hecho me impresionó su aguante. Me senté en los talones, mientras sentía el vibrador trabajando en mí. Tomé su pene con las dos manos y comencé a mamar. Me esforcé especialmente en no dejar ni un solo lugar sin chupar ni lamer, hasta intenté comerlo entero, cosa imposible, pero que debía intentar. Me bajé de la cama y lamí desde el culo hasta la punta de su precioso pene, le dediqué la atención que no le había dedicado nunca a nada y finalmente se lo mamé hasta que explotó en mi boca. Se tuvo que afirmar de la muralla para no caer y me permitió oír cada gemido que salió de él mientras se lo chupaba y un increíble quejido que le salió por la garganta mientras se iba en mi boca. Fue tan bueno como mis propios orgasmos, tanto que mientras lo oía y sentía el vibrador, me corrí por última vez esa noche, ahí mismo, arrodillada en el suelo. Lo solté y quedé con las manos apoyadas en el piso. Me quise quitar el vibrador, pero no me dejó. Me tomó por los brazos y me levantó. Apagó el vibrador sin sacarlo de mí. Me llevó al baño, abrió la ducha y me metió dentro. Entró conmigo y me enjabonó entera, me quitó la venda, pero no pude abrir los ojos, por la luz. Me sacó lentamente el vibrador y se esmeró en dejarme limpia entre las piernas. Se arrodilló y me chupó ahí mismo, bajo el agua de la ducha, pero a esas alturas yo ya no tenía ni un solo orgasmo que sacar de mí. Me dio la vuelta y me penetró con suavidad, se movió en mí un rato y luego me puso de frente a él, me apoyó en la muralla y, tomándome en brazos, volvió a entrar en mí. Lo abracé con las dos piernas y me colgué de su cuello. Lo dejé usarme. Estaba tan cansada que no quería hacer nada más. De pronto hizo lo que no esperaba. Bajo el chorro tibio de agua me besó, largo, con calma y decidido a que no fuera sólo un beso. “Jamás me había quejado con un orgasmo” me dijo “O sea, jamás había dejado que alguien me oyera y tú me has hecho hasta gemir y querer gritar”. “Me fascina oír tus gemidos”, le contesté. “Me calientan tanto como cualquier otra cosa que puedas hacer. Me encanta oír que también gozas como yo”. No dijo nada más, siguió besándome y moviéndome en él, mientras gemía en mi oído con cada vaivén hasta que, finalmente, terminó en mi agotado y maltratado cuerpo, con un fuerte y gutural quejido – gruñido que me sentí feliz de oír. Ya sin fuerzas me soltó con lentitud. Lo miré de arriba abajo y vi su gran tamaño. No era gordo, pero sí muy grande. Todo en él era grueso y firme. Lo enjaboné completo, con mucho cuidado, tal como lo había hecho él antes y le lavé cada rincón de su cuerpo. Luego nos salimos, nos secamos y volvimos al cuarto, iluminado sólo con la luz que venía de la ventana. La cama estaba imposible de ser usada, mojada completa y desarmada, pero en el suelo, junto a la ventana, había una improvisada cama hecha con frazadas y un par de sacos de dormir. Hizo que me acostara en ella y se quedó un rato mirándome. Tomó de sus pantalones una linternita que tenía en el llavero, me hizo separar las piernas y me iluminó en medio, inspeccionó un rato todo el sector, me chupó por última vez. Era evidente que le gustaba hacer eso. Hundió su lengua en mi vagina, lamió mi clítoris inflamado y mi culo abierto. Subió por mi cuerpo con su luz, me iluminó los pechos, también los chupó un momento y luego se acomodó tras de mí, me abrazó y nos decidimos a dormir. Por la mañana desperté a medias, sentí el fuerte brazo que me rodeaba y recordé todo la hazaña de la noche. También pude sentir su pene duro, apoyado en mi pierna. Él también despertó, soñoliento y se dio cuenta de su erección. “¿Porqué estás así si estás durmiendo?” “No sé”, me contestó, “pero en las mañanas siempre está así”. Me causó gracia. “Si quieres entrar no hay problema”, le dije. “¿En serio? ¿Ahora, puedo?”, “Sí, pero no me pidas que haga nada, ni siquiera que termine, estoy muerta. Pero si quieres entrar, hazlo, me gustará sentirte, es como recibir caricias”. Me tocó por atrás con su mano, hundió un dedo en mí, para mojarme, y luego entró completo. Me incliné un poco para quedar más cómoda y comenzó a moverse en mí, lo hizo poco tiempo, lo oí gemir un par de veces y luego el “Aahh” como de dolor que indicaba que había terminado. Lo sentí palpitar dentro de mí por un momento y luego se salió. “Increíble, nunca se lo había hecho a nadie en la mañana”. “Servido”, le contesté como él lo había hecho y se rió. Y esa es la historia de la noche que fui violada por un oso.
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